Buenos días carranga

BUENOS DÍAS CARRANGA

UNA CANTA A LA VIDA EN CADA AMANECER

“Una canta a la vida en cada amanecer, para que la querencia empiece a florecer”  se emite desde hace veintidos (22) años, todos los días de 5:00 a 7:00 de la mañana. Es el programa de mayor audiencia gracias al contacto directo con los oyentes, pues en su viaje cotidiano presenta secciones como SABOR DE COPLA, CANTAS DE LA TIERRA Y FESTEJO DE LA VIDA, además de los avisos de interés comunitario que se comparten para acercar distancias a través de las ondas radiales.

BUENOS DÍAS CARRANGA, transcurre con la música carranga de diferentes grupos que al son del merengue, la rumba, la guabina, el torbellino le cantan a la vida, pasa por las coplas que envían los oyentes a través de “Carrangacartas” donde hablan de su cotidianidad, sus vivencias, angustias, alegrías y sentires. Así mismo, hay un espacio para festejar la vida, es el homenaje de cumpleaños y la serenata campesina que se comparte con quienes están de felices edades. Para este espacio y los avisos se tienen dispuestas el sistema de radioteléfono con diferentes sectores rurales y nuestra línea telefónica.

“Las cantas o tonadas brotaron en las plazas, calles y hogares de las incipientes ciudades coloniales de la Provincia de Tunja y en general del Nuevo Reino. Recorrieron los campos recolectando con sus versos las costumbres de cada región. Sus hechos triviales, sus gestas patrióticas, el amor campesino, el olvido, el despecho y otros sentimientos del pueblo. Unas coplas o cantas son descriptivas del paisaje, otras de sabor político,  compendiando los diversos temas de la vida espontánea de los pueblos. Las cantas se hicieron populares en las ventas de las veredas, en las romerías boyacenses, en las serenatas, en los círculos de la peonada campesina al son del rasgueo del tiple, en las fiestas campesinas, en los intermedios de los bailes del tres, la manta jilada, el moño, en los célebres ritos de lo copleros y otros momentos de la vida social y familiar del campesino boyacense”.

El coplero y la coplera tienen su quehacer y su socialización en espacios muy reducidos : Su casa, la fiesta familiar, las celebraciones especiales y su vereda, lo que muchas veces los deja en el olvido o el anonimato. Posibilitar un escenario mucho más amplio y con difusión a través de un medio radial garantiza que su voz, su trabajo y su repertorio sea conocido más allá de su propio terruño.

Reconocemos que una dificultad radica en el hecho de tener que dejar familia, quehaceres y obligaciones por un día para llegar al Encuentro y venir cargado de coplas y alegrías, pero ante todo de pinta y gracia para ganarse el reconocimiento del público y poder regresar con algo más de felicidad. Sin embargo más allá de esto, su reencuentro con otros paisanos, el trazo de historia, el trozo de tierra y de fruto que deja con cada copla se va por dentro, en una conquista difícil de describir que lo hace sentirse más coplero y eso en últimas es lo que lo hace saber que valió la pena el viaje y que todo esfuerzo justifica su razón de ser.

En Boyacá hay investigaciones y trabajos que dan testimonio de las miles y miles de coplas o cantas, con sus diversas variaciones y acomodaciones dependiendo del lugar o la región donde se recrean, escritos que otros ponen de presente, pero muy poco de la herencia y esencia misma del coplero, quien concibe su arte, su arraigo y su patrimonio cultural en la romería y el encuentro en la plaza pública. Por eso un escenario lleno de las cosas típicas de un domingo en el pueblo, un domingo vestido de los mil colores de la fiesta popular, con músicos de tiple, guacharaca, requinto y guitarra, de ruana, cotiza y sombrero, que al son de la interpretación unos por aquí, otros por allá, van sacando pareja para echarse un pati´rralo o un bailao. No hay más razones, la disculpa es la vida y la vida es para ponerle clavo y canela y gozársela al son de una rumba y una canta.

Aunque en eventos anteriores se han recogido testimonios y registro del encuentro coplero, se hace necesario tener a disposición un material sonoro y escrito muchos más elaborado que sirva de testimonio y de consulta para esta y las futuras generaciones, pues como dice la historia “aquello que no se cuenta o no se escribe, no existe”, aquí hay que dejar trazos para que los sentidos puedan percibir y disfrutar esta tradición milenaria, auténtica de Boyacá.

A la cultura boyacense se le atribuye un componente alto de tradición oral, en algunas partes todavía la palabra que se empeña es la que tiene validez, las cosas se saben por el verbo que se va conjugando mientras hace su recorrido. La copla es parte esencial de esa tradición y ha venido perdiendo identidad con las costumbres y usos del pueblo boyacense por los escasos escenarios que se le brinda para hacerla del otro, para enseñarla e inculcarla. “La Copla ConVida” al juntar niños, niñas, músicos, bailadores, paisanos, vecinos, copleras y copleros busca que esta identidad milenaria recobre parte de su esencia, de su sabor picaresco y el alma misma del campesino boyacense : sencilla, ingenua, crédula, llena de malicia y de amor a la tierra.

El hecho del encuentro con paisanos de otros municipio, de costumbres y vivencias muy parecidas, que llagan para copliar, despierta y genera una ración de identidad cultural por saber que no se está solo en el oficio, porque se reconoce en el otro las diferencias pero también las similitudes, lo que de paso estimula aquellos valores que a veces se quedan por el camino y que la misma envidia (típica por estos lados) aparta de nuestra cotidianidad. Valores como la fraternidad, amistad, solidaridad, amor a la tierra, la querencia y el aceptarnos como somos, vengamos de donde vengamos, dan la certeza de que una copla, un baile o un simple rasgar de cuerdas nos recrean la vida.

 

En relato...

Guillermo A. Patiño Mesa

A mí también -como a López Vigil- me sigue gustando el café y sobre todo ese que se toma a las cinco y media de la mañana, justo antes de comenzar el programa “Buenos Días Carranga”, en la emisora Radio Semillas de Tibasosa, Boyacá, algo así como una revista para comenzar el día o “abrir programación”, la cual he dirigido y presentado gran parte de los doce años que lleva al aire. Y sólo ahora al releer el texto, aparecen las similitudes: aquí se comparte y se toma el tinto con los públicos, uno se sienta un rato en su cocina, saborea sus preparados, el changua, el aguadepanela, la arepita y por supuesto el tradicional caldito de papa. Uno se despierta y se despereza con ellos, incita el saludo, la conversa y hasta las angustias de saber que nos está “cogiendo el tarde”, así sepamos que “al que madruga Dios le ayuda”.

Entonces la lectura me va aterrizando, pero me lleva por otros campos, pues en un recorrido ligero advierto que durante muchos años, en distintos escenarios y por todas partes hemos desperdiciado ese encanto del diálogo, esa magia que es capaz de traducir en real una radiorevista bien estructurada, pensada para nuestros públicos, con conversas cotidianas, música para acompañar el aliste antes de salir a trabajar, consejos, avisos, concursos y mil cosas que tenemos por contar y que podemos entablar en esa relación que propone José Ignacio, el de las cuatro flechitas: dos que conversan entre sí y que a su vez conversan con las audiencias, que hablan en segunda persona porque visibilizan al oyente, lo  ven en carne y hueso y lo hacen parte de la revista.

Digo esto, porque claro -como en muchas partes o en todas-  estas radios han tenido y tienen el famoso programa de la mañana, quizá el que reporta las mayores audiencias, pero en el que todo se vuelve primera y tercera persona, la hora y muela música. Si nos detenemos un instante, aquí lo que hay es un gran abanico de posibilidades para alimentar estos espacios tan mal usados, porque me parece que el problema radica en que nos hemos conformado con el mismo sabor del café y no hemos probado sino el de cierta marca o el de alguna cocina, pero es necesario explorar otros fogones, “en la variedad está el placer”.

Lo cierto es que desde los tiempos de las “clandestinas”, “ilegales” o “piratas”, estos programas, tal vez sin saber que podrían llamarse radiorevistas, han estado presentes en cada nuevo amanecer, con nombres muy parecidos, es decir que conservan aquello de ser parientes o copias. Su estructura igual: saludo, música, hora, avisos, música, algunos avisos, música,  otros avisos, música, más avisos, cumpleaños, música y una sola voz que se echa todo el cuento, porque no hay nadie más que se le mida a la madrugadita, o es el que sabe cómo es la cosa, o es el dueño de la emisora, o es el que siempre la ha presentado y “más vale pájaro en mano, que cien volando”. Mejor dicho, para qué más café…

Volviendo a mi experiencia, en el programa se reconocen secciones, temas, concursos, participación con carrangacartas, papelitos, teléfono y hasta radioteléfono en una época, en fin, una serie de elementos que le dan sentido al espacio, los cuales juegan muy bien con las propuestas que hace López Vigil y que funcionan muy bien porque el público siempre está a la expectativa de que lo toquen, lo seduzcan, lo inviten, le hagan sentir ganas de pasar por la emisora o escribir aunque tengan que “perdonar la letra y la ortografía”, pero no podía quedarme sin hacerles saber que soy una fiel oyente.

No hay pareja en estudio. Hay otra pareja: conductor y público. Hasta ahora ha funcionado, sin embargo se debe intentar la propuesta de José Ignacio, una pareja en diálogo permanente entre ellos y con los oyentes. En horabuena esta excelente taza de café que pude compartir, porque siento que podemos fortalecer los espacios que abren la programación, acomodarle otras secciones y seguir con este canto, pregón y sueño, con este compromiso con el arte popular. La apuesta serían dos conductores, pero si en última no se puede, me uno a lo que dice Veloza: el baile es cuestión de ganas y si las viejas no quieren, pues sólo también se baila y abran paso que ahí voy yo…